La marca registrada es siempre un robo, la información ha de ser libre, cierta posición suena un tanto radical, pero es sólo el inicio de toda una revuelta, la privatización de la cultura y la lingüística ha iniciado la persecución de aquellos que violen la ley del copyright.

La mayoría ha comprado alguna vez en una megatienda, centro de comida rápida o asistido a un parque temático, escuchado una canción o visto una película, ello provoca un impacto en la persona, por lo tanto la marca ha entrado en su vida y tiene derecho a responder. La ley no lo ve así, el padre que decide consentir a su hijo con un Barney® en su fiesta se ve acusado de plagio y se es llevado ante un tribunal en Estados Unidos, y a nivel global, Disney® hizo que un par de madres neozelandesas borraran un mural ubicado en el patio de recreo que contenía a Pluto y el Pato Donald, así mismo, McDonald's® sigue acosando a todo aquel que utilize el prefijo "Mc", aunque su nombre en verdad lo contenga.

Todo es una copia de todo, es imposible no cometer plagio, los artistas que practican el audio collage o saqueofonía son criminalizados, sin embargo, esto se trata de poder, abogados y una buena marca, un músico que cuente con permiso de una casa discográfica, BMG por ejemplo, puede utilizar los samples que desee en sus creaciones, ese poder de controlar lo que uno crea limita a las personas, privatiza la inspiración, como prohibirle a un pintor que no utilice el color rojo.
La tecnología nos permite acceder a la información y manipularla, la gente hace lo con lo que tiene, aun así, como afirma Naomi Klein, el mensaje de las marcas es el mismo: Queremos que nuestras marcas sean el mismo aire que respiráis... pero no oséis exhalarlo.
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